El problema que vi en Eslovenia y llevaba dos años viendo en Formentera
Robert NicutaPublicado el 7 min de lectura
En marzo de 2026 me fui a Celje, Eslovenia, a hacer las prácticas de Erasmus. La empresa se llama CETIS Flex y fabrica embalajes comerciales. Mi encargo era claro: una aplicación web que calculara presupuestos de pedidos.
El dato que me dieron el primer día fue este. Presupuestar un pedido llevaba entre tres y cuatro días.
Yo pensé lo mismo que pensarías tú. Serán cálculos muy complejos.
No lo eran.
Los tres días no eran de cálculo
Lo que tardaba tres días no era la matemática. Era encontrar a la persona que sabía hacerla.
El precio de un embalaje depende de muchas cosas: el material, la tinta, la cantidad, la velocidad de la máquina que lo va a producir. Nada de eso es difícil por separado. Lo difícil era que las reglas para combinarlo estaban en la cabeza de un par de personas con veinte años allí dentro.
Cuando entraba un pedido raro, el comercial no consultaba un documento. Preguntaba. Y esperaba.
Si esa persona estaba de vacaciones, el presupuesto esperaba a que volviera.
Construí el backend en Python con FastAPI y el frontend en React y Next.js. Añadí una vista 3D con Three.js para que el cliente viera la caja antes de confirmar. La parte visible fue esa. La parte que de verdad costó fue otra: sentarme con esas personas y sacarles las reglas de la cabeza para poder escribirlas.
Los tres o cuatro días pasaron a segundos. Pero lo que se arregló no fue la velocidad del cálculo. Fue que el cálculo dejó de depender de que alguien estuviera disponible.
Volví y empecé a reconocerlo en todos lados
Cuando terminé las prácticas volví a Formentera y me puse a repasar lo que había hecho antes. Y ahí me di cuenta de que llevaba dos años viendo lo mismo sin ponerle nombre.
En Tisa, en Ibiza. Trabajé en tres proyectos como desarrollador. Uno era Ibiza Circular, la plataforma oficial del Consell para gestionar autorizaciones y sanciones de circulación con lectura automática de matrículas. Cada vez que necesitaba entender una regla del negocio, la respuesta empezaba igual: "pregúntale a fulano, que él lo llevó".
En Love Formentera, una inmobiliaria que además alquila barcos. Modernicé la web, llevé las redes, hice fotos de propiedades y embarcaciones. Los detalles de qué barco entra en qué amarre, qué propiedad admite qué tipo de reserva, quién hay que avisar en cada caso: nada de eso estaba escrito. Estaba en dos cabezas.
En Love Bici, la tienda de bicicletas eléctricas. Digitalicé los contratos de alquiler y rehíce la tienda online en WooCommerce con enfoque mobile-first. El proceso de reserva de grupo lo tuve que reconstruir preguntando, porque la única versión completa de cómo funcionaba estaba en la memoria del dueño.
En LucasRe, la única tienda de relojes de lujo de la isla. Gestioné colaboraciones con restaurantes de alto nivel. Qué restaurante encaja con qué perfil de cliente no venía en ningún sitio. Venía de años de trato.
Cuatro negocios de tamaños distintos, sectores distintos y países distintos. El mismo cuello de botella. Solo cambiaba de nombre.
No es un problema de IA. Es un problema de memoria
Esta es la frase a la que llevo meses volviendo.
Las empresas con las que trabajo no tienen un problema de inteligencia artificial. Tienen un problema de memoria. El conocimiento que hace funcionar el negocio no está en ningún sistema. Está repartido entre unas pocas personas y se transmite hablando.
Míralo así:
- Las reuniones son memoria compartida a la fuerza.
- La documentación es memoria escrita, cuando alguien encuentra el rato.
- Las vacaciones son memoria que se ausenta.
- El onboarding es memoria que hay que reconstruir desde cero.
- Los procesos son memoria ejecutable.
Y la IA, bien montada, es memoria a la que se puede preguntar.
Ese es el hueco. No falta un modelo mejor. Falta algo que darle de comer.
Lo que cuesta y no aparece en ninguna factura
El coste de esto es difícil de ver porque nunca llega como una factura.
Cuando una respuesta tarda tres días, el pedido no se cancela. Se retrasa. Cuando el senior se va de vacaciones, el equipo no para. Va más lento. Cuando alguien se marcha después de ocho años, no hay una línea en el balance que diga cuánto se llevó.
Un cliente al que le dices que espere tres días por un precio no siempre se queja. A veces pide el precio en otro sitio, y ahí sí desaparece del todo. Ese no aparece en ningún informe, porque nunca llegó a ser un pedido.
Nadie mide lo que no llegó a pasar.
Qué hice con eso
Empecé a construir Savia mientras seguía trabajando como freelance.
La idea es la que ya has leído entre líneas: coger el conocimiento que hoy vive en la cabeza de los mejores empleados y ponerlo disponible las 24 horas para todo el equipo. Con un chat que responde citando siempre de dónde sale cada dato, no inventándolo. Con el conocimiento separado por departamento, para que cada persona vea solo lo suyo.
Lo primero que hice fue usarlo yo. Tenía información suelta en cuatro sitios distintos y era mi propio cuello de botella.
Sobre cómo funciona por dentro escribí aparte, porque da para otro artículo entero.
Lo que me llevo de esos tres días
Me fui a Eslovenia pensando que iba a automatizar una hoja de cálculo.
Volví con otra cosa. Con la sospecha de que casi todas las empresas pequeñas y medianas con las que iba a trabajar tenían la misma grieta, y que casi ninguna la llamaba por su nombre.
Aquella fábrica llevaba años funcionando bien. Tenían clientes, tenían producto, tenían gente buena. Y aun así, un pedido podía quedarse tres días parado porque la persona que sabía la respuesta estaba fuera.
Sigue siendo el que más sabe. Y también tiene derecho a coger vacaciones.
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